
La cocina de un segundo piso ha sido el lugar de la acción. De las cosas bellas y deliciosas, de las reuniones felices y de los alegatos, de las peleas familiares ensañadas. También el lugar de las tardes tranquilas y calurosas en las que solo estamos mi abuela y yo, intentando estar lo más cerca posible de la ventana para refrescarnos, mientras tomamos tinto hirviendo.
Es allí donde han tomado forma todas las historias de su juventud, de la vida en la fábrica, de su matrimonio. El presente y el pasado se diluyen en la atmósfera, mientras suenan tangos y boleros en la radio. Cada tanto alguna canción la obliga a cantar y yo la acompaño, en caso de saberme la letra; finalmente, nos quedamos distraídas mirando por la ventana, desde donde solía verse al sur Medellín y todo el Valle de Aburrá; desde donde ella le pedía a su vecino, Don Divino, con chistes pasivo agresivos de señora paisa, que no construyera un segundo piso para que no le tapara la vista del cerro el Picacho al occidente. Afortunadamente para Don Divino, otros edificios la taparon primero.
Al final de la tarde, ella me acompaña a tomar el bus que pasa por el frente de la casa. Salimos al balcón que mira hacia el cerro Quitasol, al norte del valle, bañado en la luz del sol poniente, y esperamos. En la esquina se escucha música de plancha del bar de toda la vida.
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La primera imagen sería la de un gran salón de máquinas textiles. Un espacio extrañamente pulcro envuelto por el olor del algodón: fresco y asfixiante. El ruido de las máquinas no deja escuchar nada más que su propio sonido.
Dos imágenes más: Las grandes fábricas de industria Antioqueña fueron fundadas por hombres pero fueron levantadas por las mujeres
A Mariela se le dificultaba levantarse a trabajar. Se trasnochaba haciendo cualquier cosa, mirando la luna, conversando con su hermana, oyendo los tangos que el vecino ponía. Siempre ha amado los tangos. En varias ocasiones en que sabía que llegaría tarde a la fábrica, iba al médico inventando malestares para tener una excusa médica; llegó a pedir que le sacaran las muelas de atrás. Le hace gracia contarlo: -pero negra, esa muela está buenecita- a lo que ella respondía de forma dramática- no doctor, el dolor no me deja.
Para llegar a la fábrica le tocaba caminar por caminos muy solos, no le duraban los zapatos, se embarraban de pantano unos días, otros se llenaban de tierra y en general se gastaban de caminar en las piedras.
Trabajaba en la fábrica de arriba, la primera fábrica textil del Valle de Aburrá, la que inauguró la promesa industrial y vió una huelga de mujeres en 1920 reclamando mejores condiciones de trabajo, entre estas: que las dejaran usar zapatos. Veintitantos años despúes Mariela caminaba por esos mismos caminos que seguramente recorrió Betsabé Espinal (líder de la huelga) y nunca escuchó de un grupo de mujeres organizadas, ni de pedir mejoras a sus superiores. Solo tenía gratitud hacia la fábrica, ningún reproche.
Cuando llegó a pedir trabajo tenía 14 años. Hasta ese momento había vivido con su familia en una finca y al ver que no podría continuar con sus estudios decidió irse a Bello a buscar cómo ayudar económicamente a sus padres. Una prima le dio alojamiento.
Quien quisiera trabajar en la fábrica debía estar a las puertas de la fábrica al medio día. Era un gran pasto verde lleno de mujeres y hombres que esperaban a que Don Eduardo Naranjo saliera a elegir quienes entrarían. El primer día Don Eduardo la señaló a ella y a otras dos muchachas, entraron y les pidió los papeles: exámenes de sangre y pulmones, una foto y la partida de bautizo; como no los tenía debió ir a conseguirlos y volver cada día a la fábrica hasta que Don Eduardo volvió a elegirla. El 3 de febrero empezó a trabajar barriendo los salones en los que ahora operaba máquinas, exactamente 16 envolvedoras.
Cuando llegaba a la fábrica se ponía el delantal y la redecilla para el pelo. Dejaba la comida en un cajoncito que le servía de locker y le recibía el turno a su compañera. Estaría allí de 4:00 am a 12:00 del día, sin pausas de descanso, siempre de pie.
A veces se dormía, por las pocas horas de sueño, pero no porque el trabajo le produjera cansancio o aburrición. En general no era estricto y muchas veces se distraía y descuidaba las máquinas para ponerse a conversar, incluso a bailar. El botecito era la canción de moda y ella la cantaba con las otras obreras hasta que el vigilante las regañaba.
Fumaba cigarrillos 114